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Banca panameña ante la IA: más automatización, nuevos riesgos y un desafío de confianza

hace 5 minutos
4 min de lectura

Víctor Antinori, CISO del Banco Nacional de Panamá y autor de cuatro libros sobre inteligencia artificial, analiza cómo esta tecnología transformará los servicios financieros, el papel de los agentes autónomos y la necesidad de fortalecer la seguridad y el criterio humano.



La inteligencia artificial ya forma parte de la operación bancaria, aunque buena parte de sus aplicaciones ocurre detrás de los servicios que utilizan los clientes. La detección de movimientos inusuales, el análisis de operaciones sospechosas, la prevención del fraude y la evaluación de riesgos son algunos de los procesos en los que esta tecnología puede contribuir. Sin embargo, el siguiente paso plantea un cambio más profundo: pasar de sistemas que analizan información y recomiendan acciones a agentes capaces de ejecutar tareas bajo determinadas autorizaciones.


Para Víctor Antinori, CISO del Banco Nacional de Panamá, abogado y autor de cuatro libros sobre inteligencia artificial, esta evolución abre oportunidades para agilizar los servicios financieros, pero también introduce preguntas sobre identidad, autorización y responsabilidad. En una conversación sobre el futuro de la banca panameña, advierte que el desarrollo de agentes autónomos obligará a las instituciones a comprobar quién está dando una instrucción, qué operaciones puede realizar un sistema y cómo actuar cuando cometa un error.


“Al final, la gente no va a preguntar qué banco tiene más inteligencia artificial. Va a preguntar en cuál puede confiar su plata”, plantea Antinori. Su reflexión apunta a un aspecto central de la transformación financiera: la innovación tecnológica no puede avanzar al margen de la confianza que sostiene la relación entre las entidades y sus clientes.


De los asistentes a los agentes autónomos


Una de las transformaciones que el especialista anticipa para 2027 es la expansión de herramientas capaces de ejecutar tareas y no limitarse a responder consultas. Como ejemplo, plantea un asistente al que una persona le solicite revisar sus gastos, pagar cuentas pendientes y transferir el dinero disponible a una cuenta de ahorro. Aunque parece una operación sencilla desde la perspectiva del usuario, para una entidad financiera implica verificar que la instrucción fue autorizada, distinguir un agente legítimo de uno que intenta suplantarlo y establecer mecanismos para responder ante posibles errores.


Antinori identifica tres áreas en las que podrían observarse avances durante 2027: detección más oportuna del fraude, trámites bancarios más ágiles y asistentes digitales capaces de resolver problemas sin limitarse a dirigir al usuario de un menú a otro. La velocidad de adopción, aclara, dependerá de las capacidades y decisiones de cada institución.


Los agentes de inteligencia artificial también forman parte de los cuatro cambios que, a su juicio, tendrán mayor impacto en la banca durante los próximos años. Los otros tres son la ciberseguridad, la prevención del fraude y la automatización de procesos de cumplimiento, análisis de riesgos, atención al cliente y operaciones administrativas.


La otra cara de la inteligencia artificial


El avance de estas capacidades también amplía las posibilidades para los ciberdelincuentes. Antinori advierte que las herramientas de IA permiten clonar voces, fabricar videos falsos, suplantar identidades y elaborar mensajes fraudulentos personalizados, con una calidad que dificulta reconocerlos. Los engaños ya no necesariamente presentan errores evidentes de redacción o señales que permitan identificarlos a primera vista.


El riesgo no se limita a los ataques dirigidos contra los sistemas de una institución. También comprende las maniobras que buscan engañar directamente a los clientes para obtener sus credenciales o inducirlos a realizar operaciones. Por ello, el especialista considera que la prevención requiere esfuerzos coordinados entre las entidades financieras, las autoridades y los usuarios, cada uno desde sus responsabilidades.


Frente a este escenario, destaca la importancia de establecer políticas claras, proteger los datos, utilizar mecanismos adecuados de autenticación, supervisar los sistemas y capacitar de manera permanente. En el caso de los agentes autónomos, identifica tres controles fundamentales: verificar las autorizaciones, limitar las acciones que pueden ejecutar y contar con mecanismos para suspender su actividad ante comportamientos anormales.


“A la inteligencia artificial se le puede dar trabajo, pero nunca un cheque en blanco”, resume.


Cuatro libros y una preocupación: no dejar de pensar


La preocupación por el uso responsable de esta tecnología también está detrás de sus publicaciones. Antinori ha escrito Inteligencia Artificial para Abogados, Inteligencia Artificial para Profesionales, Inteligencia Artificial para Contadores y Mi hijo ya no piensa. Los libros surgieron de una inquietud que observó en distintos ámbitos: las personas estaban aprendiendo a utilizar herramientas de IA, pero no necesariamente a cuestionar sus respuestas, proteger la información que compartían o conservar su capacidad de razonamiento.


El autor identifica cuatro conocimientos esenciales para un uso responsable: reconocer que la IA puede equivocarse, evitar compartir información personal, bancaria o familiar sin comprender los riesgos, verificar los resultados y mantener el criterio propio en las decisiones importantes. Su planteamiento no es rechazar la tecnología, sino aprovecharla sin delegarle responsabilidades que corresponden a las personas.


“Cerebro primero, inteligencia artificial después, criterio siempre”, afirma. Para Antinori, esta premisa aplica tanto a los profesionales como a los estudiantes y las familias. La disponibilidad de respuestas inmediatas no debe sustituir el aprendizaje, el razonamiento ni la capacidad de resolver problemas por cuenta propia.


Panamá: reglas, capacidades y confianza


En cuanto a la preparación del sistema financiero panameño, Antinori considera que las instituciones deben establecer las reglas antes de ampliar el uso de estas herramientas. Esto supone definir los propósitos de cada aplicación, los datos que puede procesar, quién supervisa sus resultados, cómo se evalúan los riesgos y qué controles se activan cuando algo falla.


El especialista señala que Panamá cuenta con un sistema bancario relevante, un marco de supervisión y normas de protección de datos personales sobre los cuales las entidades pueden continuar fortaleciendo sus capacidades. No obstante, advierte que adquirir tecnología puede ser relativamente rápido, mientras que construir una cultura de seguridad y confianza requiere tiempo.


Su visión para los próximos años no plantea una disyuntiva entre innovación y seguridad. La banca puede aprovechar la capacidad de la inteligencia artificial para analizar grandes volúmenes de datos, detectar patrones y agilizar operaciones, siempre que mantenga controles y responsabilidades definidos. En última instancia, la tecnología puede ampliar las capacidades de las instituciones financieras, pero la confianza de los clientes seguirá dependiendo de cómo se utilice.


Como concluye Antinori: “La inteligencia artificial puede ser extraordinaria, pero la inteligencia humana debe seguir teniendo la última palabra”.



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