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Del papel al ciberespacio: un camino que pocos cuentan

En esta columna, Luis R. Soto E. repasa la evolución desde la Seguridad de la Información tradicional hasta la ciberseguridad moderna, marcada por amenazas globales, entornos distribuidos y una creciente dependencia del factor humano, para explicar por qué hoy proteger ya no alcanza: anticiparse es la única estrategia viable.




Por Luis R. Soto E. - Coordinador Académico Escuela de Ingeniería y Tecnología de la Universidad del Caribe, Rep. Dominicana.


Hace años, proteger la información era, en gran medida, una cuestión de armarios con llave, políticas de acceso físico y procedimientos documentados en carpetas.


Era la era de la Seguridad de la Información: custodiar el dato, independientemente de su soporte. Confidencialidad, Integridad y Disponibilidad. La famosa tríada (o CIA) como se le conoce.


En ese contexto, la seguridad se percibía como algo estático, casi administrativo. Las amenazas eran internas en su mayoría: accesos indebidos, pérdida de documentos, errores humanos. El control era tangible, visible, incluso predecible. Se sabía dónde estaba la información y quién tenía acceso a ella.


Luego llegaron los sistemas informáticos. Las organizaciones digitalizaron sus procesos y con ello nació la Seguridad de los Sistemas de Información: ya no bastaba con proteger el dato, había que proteger la infraestructura que lo procesaba. Servidores, redes, bases de datos, aplicaciones. El perímetro empezó a dibujarse... ¡y también a complicarse!


Con esta transformación surgieron nuevos riesgos: virus, accesos no autorizados, fallos en sistemas, ataques internos más sofisticados. La seguridad dejó de ser únicamente un asunto de políticas y comenzó a depender también de controles técnicos: firewalls, antivirus, sistemas de detección de intrusos. Apareció el concepto de “defensa en profundidad” y las organizaciones empezaron a entender que la seguridad debía diseñarse en capas.


Sin embargo, aún existía una cierta ilusión de control. El perímetro organizacional era relativamente claro: dentro estaba lo seguro, afuera lo incierto. Las redes corporativas eran espacios delimitados y gestionables.


Entonces pasó lo impostergable: El mundo se conectó. Todo. Al mismo tiempo. Con la llegada del Internet, la movilidad, la computación en la nube y, más recientemente, el Internet de las Cosas (IoT), se rompió por completo ese perímetro. Los datos comenzaron a moverse sin fronteras físicas, ahora los usuarios acceden desde cualquier lugar y los sistemas ya no residen únicamente dentro de una organización. La superficie de ataque se expandió de forma exponencial.


La Ciberseguridad no es simplemente el nuevo nombre de lo anterior. Es una disciplina que absorbe lo mejor de ambas etapas y las lleva a un entorno donde el atacante es global, el vector es digital y el impacto puede ser físico, económico o incluso geopolítico.


Como lo hemos visto, hoy en día un incidente de ciberseguridad puede paralizar hospitales, afectar infraestructuras críticas o comprometer la reputación de una organización en cuestión de horas. Los atacantes ya no son sólo individuos aislados, sino grupos organizados, redes criminales e incluso actores patrocinados por estados.


En este nuevo escenario, la seguridad deja de ser un componente aislado y se convierte en un elemento estratégico del negocio. Ya no basta con reaccionar; es necesario anticiparse.


Surgen enfoques como la gestión de riesgos, la inteligencia de amenazas, el modelo de “Zero Trust” y la cultura de ciberseguridad organizacional.


Además, el factor humano cobra una relevancia aún mayor. Por más tecnología que exista, una mala decisión, un clic indebido o una configuración incorrecta pueden abrir la puerta a un incidente. Por eso, la concientización y la formación continua son tan importantes como cualquier herramienta tecnológica.


Quien entiende la historia de esta disciplina, gestiona mejor su presente. Comprender de dónde venimos permite dimensionar mejor los desafíos actuales: no se trata sólo de proteger sistemas, sino de garantizar la continuidad, la confianza y la resiliencia en un mundo hiperconectado. La evolución de la seguridad no ha terminado; por el contrario, sigue avanzando al ritmo de la innovación tecnológica.


Y en ese camino, la verdadera ventaja no está únicamente en las herramientas que utilizamos, sino en la capacidad de adaptarnos, aprender y anticiparnos a lo que aún está por venir.



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