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El miedo a perder el empleo por la IA obliga a las empresas a cambiar la forma de introducirla

Más de la mitad de los estadounidenses teme que la inteligencia artificial deje sin trabajo a alguien de su hogar, mientras las compañías descubren que automatizar procesos sin explicar qué ocurrirá con los empleados puede provocar una reacción difícil de revertir.



Durante años, la promesa empresarial de la inteligencia artificial se ha contado en términos de productividad. Automatizar tareas repetitivas, acelerar procesos, reducir costos y permitir que los empleados dediquen más tiempo a trabajos de mayor valor.

Pero dentro de muchas compañías esa narrativa está chocando con una pregunta mucho más concreta: ¿qué ocurrirá con mi puesto?


El temor ya no pertenece únicamente a trabajadores de industrias especialmente expuestas a la automatización. Una encuesta Reuters/Ipsos realizada en junio encontró que 53% de los estadounidenses teme que la IA pueda dejar sin trabajo a ellos mismos o a alguien de su hogar. El 37% dijo no estar preocupado por esa posibilidad y el 10% restante no sabía o prefirió no responder. La encuesta incluyó a 4.531 adultos estadounidenses.


La preocupación aparece mientras las empresas aceleran sus inversiones en IA y, al mismo tiempo, anuncian reducciones de personal asociadas con eficiencia, automatización o transformación tecnológica. Intuit, por ejemplo, comunicó en mayo que eliminaría 17% de su fuerza laboral global mientras reorientaba la compañía hacia sus principales apuestas, entre ellas la inteligencia artificial.


El problema para las compañías es que la tecnología puede ser técnicamente correcta y, aun así, fracasar como transformación empresarial si los empleados perciben que están siendo desplazados sin explicación.


Ese es el fenómeno que CNBC describe como una reacción creciente contra la IA dentro del mercado laboral estadounidense. El medio señala que, aunque la mayoría de los empleadores que habían eliminado puestos atribuyéndolo a la IA han dado marcha atrás en esas decisiones durante el último año, la preocupación entre los trabajadores continúa elevada.


La cifra de 53% aparece nuevamente dentro de las empresas. Un estudio de Software Finder citado por CNBC encontró que 53% de los trabajadores teme que las herramientas de IA hagan que su función se sienta menos necesaria. Es una distinción importante: el temor no depende exclusivamente de que una empresa anuncie despidos. También surge cuando los empleados empiezan a interpretar que las herramientas están absorbiendo partes cada vez mayores de su trabajo.


Jackie Swanson, managing partner de Gartner, identifica una falla de gestión que puede resultar más importante que la propia elección de herramientas. Según Swanson, las organizaciones tienen planes para adoptar IA, pero muy pocas cuentan con un plan honesto sobre lo que esa tecnología hará con sus personas, su ritmo de trabajo y su futura generación de líderes.


La respuesta que algunas empresas están ensayando consiste en cambiar el lenguaje. En lugar de presentar la IA como un mecanismo para hacer más con menos empleados, intentan posicionarla como una herramienta para mejorar el trabajo existente.


Ironclad, compañía de software fundada en 2014, habla de aceleración del negocio en lugar de reducción de costos. Su directora de tecnología, Sunita Verma, sostiene que el mensaje interno de la empresa se centró en actualizar las capacidades de los trabajadores. La compañía impulsó cursos, clases internas y aprendizaje entre pares para que los empleados incorporaran nuevas herramientas.


La diferencia puede parecer semántica, pero tiene consecuencias prácticas. Si un trabajador escucha que la IA permitirá que su empresa produzca lo mismo con menos personas, la tecnología se convierte en una amenaza. Si entiende que puede utilizarla para eliminar tareas tediosas y desarrollar nuevas capacidades, existe una posibilidad mayor de que la adopción se produzca desde dentro.


Superhuman, por su parte, ha optado por evitar un mandato centralizado. Kenny Mendes, su director de personas, explicó que la compañía permite que los propios equipos identifiquen problemas y experimenten con nuevas herramientas. El objetivo es que sean los trabajadores cercanos a cada proceso quienes impulsen la transformación, en lugar de recibirla como una orden corporativa asociada a reducción de costos.


Torani representa una estrategia todavía más particular. La fabricante estadounidense de jarabes lleva 103 años sin despidos y emplea a más de 500 personas. Su CEO, Melanie Dulbecco, sostiene que esa historia genera un nivel de confianza que permite introducir tecnología con mayor credibilidad.


La compañía está incorporando nuevas herramientas tanto en oficinas como en sus plantas de producción, pero lo hace mediante proyectos piloto y cambios graduales. Torani planea aumentar su fuerza laboral aproximadamente 30% para marzo de 2027 como parte de una expansión manufacturera de $60 millones. Su dirección afirma, además, que existe un compromiso explícito de no eliminar puestos mediante tecnología.


La paradoja es evidente. En un momento en que buena parte del discurso corporativo sobre IA gira alrededor de la eficiencia, algunas compañías están descubriendo que la eficiencia mal comunicada puede convertirse en un problema de productividad.


La percepción pública tampoco está mejorando al mismo ritmo que avanza la adopción. Una encuesta de Ipsos publicada en agosto encontró que tres de cada diez trabajadores estadounidenses utilizan IA al menos semanalmente, pero el uso está concentrado en trabajadores de mayores ingresos, con educación universitaria y empleos de oficina.


Dos tercios de los trabajadores, en cambio, esperan que la IA empeore la experiencia laboral al eliminar puestos y aumentar la presión sobre los empleados, en lugar de mejorarla mediante la automatización de tareas repetitivas.


Ese desfase entre adopción y confianza plantea un problema estratégico para los directivos. La IA puede ser cada vez más accesible, pero su aceptación no será automática. Un trabajador puede utilizar ChatGPT, Gemini o cualquier otra herramienta durante su jornada y, al mismo tiempo, creer que esas mismas tecnologías terminarán reduciendo su valor dentro de la organización.


También existe una segunda dificultad: no todos los puestos que desaparecen pueden atribuirse directamente a la inteligencia artificial. Expertos laborales han advertido que las empresas pueden presentar como consecuencia de la IA decisiones que también responden a reestructuraciones, presión financiera o cambios estratégicos. Al mismo tiempo, algunas investigaciones muestran que la adopción de IA puede llevar a determinadas empresas a ampliar sus plantillas mientras otras las reducen.


Eso hace que el verdadero desafío no sea simplemente decidir cuánto automatizar. Es explicar qué se está automatizando, por qué, qué nuevas funciones aparecerán y qué oportunidades tendrán los empleados para adquirir las capacidades necesarias.


La carrera corporativa por la IA empieza, así, a entrar en una etapa menos tecnológica y más humana. Las compañías ya saben que necesitan modelos, agentes, datos y capacidad de cómputo. Ahora están descubriendo que también necesitan algo mucho más difícil de comprar: credibilidad.


La empresa que consiga introducir IA sin convertirla en sinónimo de despidos tendrá una ventaja que no aparece en ninguna hoja de especificaciones. Porque en la siguiente fase de la automatización, convencer a las personas de que la tecnología está de su lado puede ser tan importante como conseguir que funcione.


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