La IA amenaza más empleos femeninos y la historia muestra por qué
Casi una de cada diez mujeres ocupadas en países de altos ingresos trabaja en puestos con el mayor riesgo de automatización mediante IA, frente al 3,5% de los hombres. La concentración femenina en tareas administrativas y de oficina vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: quiénes pagarán el costo laboral de la próxima transformación tecnológica.

La inteligencia artificial promete aumentar la productividad, reducir tareas repetitivas y liberar tiempo para actividades de mayor valor. Pero sus beneficios podrían distribuirse de manera desigual. Las mujeres, especialmente aquellas que trabajan en funciones administrativas, secretariales y de gestión de información, enfrentan una exposición desproporcionada a la automatización.
La advertencia no surge únicamente de las capacidades actuales de los modelos de IA. También encuentra sustento en la historia: cuando la tecnología transformó el trabajo de oficina y automatizó tareas que durante décadas habían sido realizadas principalmente por mujeres, millones de puestos cambiaron o desaparecieron.
Un análisis publicado por CNBC recupera esos antecedentes para examinar lo que podría ocurrir a medida que la inteligencia artificial avance sobre actividades que hasta hace poco parecían demasiado complejas para ser automatizadas.
Los datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) apuntan en esa dirección. Según una investigación difundida en marzo, el 9,6% de las mujeres ocupadas en países de altos ingresos trabaja en ocupaciones con el mayor potencial de automatización mediante IA, frente al 3,5% de los hombres. La diferencia no significa que todos esos empleos vayan a desaparecer, pero sí señala una exposición desigual al cambio tecnológico.
La explicación está, en buena medida, en la composición del mercado laboral. La IA generativa se especializa en procesar información, identificar patrones, redactar documentos y ejecutar tareas rutinarias. Son actividades centrales en numerosos puestos administrativos y clericales, sectores en los que las mujeres tienen una presencia mayoritaria.
Ariane Hegewisch, investigadora sénior del Institute for Women's Policy Research, lo resume en una entrevista citada por CNBC: “El 90 % de las secretarias y el personal administrativo siguen siendo mujeres”. La proporción refleja una desigualdad ocupacional que la automatización podría profundizar si las empresas sustituyen trabajo humano sin generar oportunidades equivalentes en otras áreas.
La historia de la automatización no ofrece garantías
El antecedente más ilustrativo se remonta a las operadoras telefónicas. Durante buena parte del siglo XX, conectar llamadas era una tarea realizada principalmente por mujeres. La automatización de las centrales telefónicas, impulsada desde la década de 1940, redujo progresivamente la necesidad de ese trabajo.
Se estima que la automatización de las centrales de AT&T eliminó unos 75.000 puestos de operadoras telefónicas a lo largo de las décadas siguientes. El cambio no fue una simple mejora de eficiencia: transformó una ocupación femenina y obligó a muchas trabajadoras a buscar otras alternativas laborales.
La introducción de las computadoras personales abrió otro capítulo. En 1980, Estados Unidos tenía aproximadamente 4,7 millones de secretarias, mecanógrafas y taquígrafas, ocupaciones dominadas por mujeres. La llegada de las PC y de herramientas como las hojas de cálculo y las bases de datos modificó radicalmente esas funciones.
Sin embargo, el resultado no fue exclusivamente la destrucción de empleo. Muchas trabajadoras incorporaron las nuevas herramientas, ampliaron sus capacidades y asumieron tareas que antes requerían más tiempo o personal. La tecnología también creó oportunidades y permitió que parte del trabajo administrativo evolucionara hacia funciones de mayor responsabilidad.
La lección histórica es menos tranquilizadora de lo que parece. Que una tecnología no elimine todos los puestos no significa que sus consecuencias sean neutrales. Los trabajadores desplazados pueden terminar en empleos peor remunerados, abandonar el mercado laboral o necesitar una formación que no todos tienen los recursos para adquirir.
Un estudio de 2022 de los economistas Marcus Dillender y Eliza Forsythe encontró que la adopción de software para tareas administrativas estuvo asociada con una reducción del 1% del empleo en ese sector, pero con un aumento del 3% en los salarios de los graduados universitarios. El dato ilustra cómo una misma transformación puede perjudicar a determinados trabajadores y beneficiar a otros, dependiendo de sus credenciales y de su capacidad para adaptarse.
La IA puede avanzar sobre trabajos más calificados
La diferencia respecto de las revoluciones tecnológicas anteriores es que la inteligencia artificial no se limita a ejecutar instrucciones predefinidas ni a automatizar procesos mecánicos. Puede redactar, resumir, clasificar información, responder consultas y asistir en tareas que requieren lenguaje y análisis.
Eso amplía el conjunto de actividades susceptibles de transformación. También complica las estrategias de adaptación: si la computadora personal ayudó a muchas trabajadoras a realizar sus tareas de otra manera, la IA podría automatizar una parte de esas mismas funciones y avanzar sobre actividades de mayor complejidad.
Las mujeres han ganado terreno en la educación superior y en puestos gerenciales respecto de generaciones anteriores, lo que podría ofrecer cierta protección. Pero esa ventaja no es definitiva. Si los sistemas de IA comienzan a ejecutar tareas que antes requerían formación y experiencia, la frontera entre los trabajos automatizables y los que parecían protegidos puede desplazarse nuevamente.
El problema, por tanto, no consiste únicamente en determinar cuántos empleos desaparecerán. También importa quiénes conservarán sus puestos, quiénes podrán utilizar la IA para aumentar su productividad y quiénes quedarán relegados a medida que cambien las competencias que demandan las empresas.
El costo de la eficiencia no se distribuye solo
Para las compañías, automatizar tareas administrativas puede reducir costos y acelerar procesos. Pero las decisiones sobre cómo incorporar la IA determinarán si esas mejoras se traducen en nuevas oportunidades, en una reorganización de las funciones o en recortes de personal.
La exposición al riesgo tampoco equivale a un pronóstico de despidos. Una ocupación puede incluir tareas automatizables sin que desaparezca el puesto completo. En muchos casos, la IA podría complementar el trabajo humano; en otros, reducir la cantidad de personas necesarias para realizarlo. La diferencia dependerá de las decisiones empresariales, la evolución de la tecnología y la capacidad de crear nuevas funciones.
La respuesta requiere algo más que ofrecer cursos de capacitación una vez que los puestos comienzan a desaparecer. También exige anticipar qué tareas cambiarán, facilitar la transición hacia nuevas funciones y evaluar quiénes acceden a las oportunidades que genera la tecnología.
La historia de las operadoras telefónicas y de las secretarias demuestra que las transformaciones tecnológicas pueden abrir caminos profesionales, pero también destruir ocupaciones concentradas en determinados grupos. La inteligencia artificial introduce una diferencia decisiva: su capacidad para aprender y extenderse a nuevas tareas puede acelerar el proceso y reducir el tiempo disponible para adaptarse.
El riesgo no es que la IA elimine inevitablemente el trabajo femenino. Es que una tecnología presentada como una herramienta universal de productividad termine profundizando desigualdades laborales que ya existían, mientras los beneficios económicos se concentran en quienes controlan las herramientas y poseen las habilidades más demandadas.




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