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Festival IA El Salvador 2026: la batalla por el control de la IA y por qué “seguimos siendo los pilotos”

Francisco Moralejo, de Grupo SEGA cuestiona el dramatismo alrededor de la inteligencia artificial y plantea una visión menos apocalíptica y más operativa: la IA no reemplaza el criterio humano, sino que obliga a las empresas a rediseñar cómo trabajan.


Durante los últimos dos años, la conversación global sobre inteligencia artificial se ha movido entre dos extremos: la promesa de una productividad inédita y el miedo a una automatización masiva que termine desplazando millones de empleos.


En medio de ese ruido, Francisco Moralejo, fundador de Grupo SEGA, propone una narrativa distinta. Más pragmática. Más empresarial. Y, sobre todo, menos mesiánica.


Durante su presentación en el Festival de Inteligencia Artificial El Salvador 2026, Moralejo abrió con una sucesión de voces conocidas del ecosistema tecnológico global: advertencias sobre superinteligencia, agentes autónomos negociando entre sí, automatización total y un futuro “shocking” para 2026.


Elon Musk aparecía como telón de fondo conceptual. Pero la intención no era alimentar el miedo, sino desmontarlo.


“En 35 años trabajando en adopción tecnológica y tres años en inteligencia artificial, no he visto ni un solo caso donde la IA deje sin trabajo a todos”, afirmó. Lo que sí ha visto, dijo, es “mucho dramatismo”.


Su tesis central es simple: la inteligencia artificial todavía depende profundamente de las personas. Y las empresas que olviden eso corren el riesgo de fracasar, incluso si invierten millones en plataformas de moda.


Moralejo insiste en una idea que hoy parece contracultural en Silicon Valley: la inteligencia sigue siendo humana. La IA, explica, no crea desde el vacío. Opera sobre cantidades masivas de datos y patrones estadísticos. “Hace billones de cálculos matemáticos y estadísticos”, resumió. Pero no siente, no imagina y no tiene intención propia.


Para demostrarlo, relató un ejercicio con Claude, el modelo de IA de Anthropic. Le pidió escribir un poema sobre un bosque nevado y triste. El resultado le pareció conmovedor, pero la verdadera prueba vino después, cuando preguntó cuál era la diferencia entre el poema generado y uno escrito por un humano. La respuesta de la IA fue brutalmente literal: “No siento nada”.


Ese matiz, aparentemente filosófico, tiene implicaciones empresariales concretas. Moralejo considera que muchas organizaciones están delegando demasiado rápido decisiones críticas a herramientas que, aunque sofisticadas, siguen careciendo de juicio contextual.


La metáfora que repite durante toda la conferencia es la de un avión. La IA es el copiloto. El humano sigue siendo el piloto.


El problema, sostiene, es que muchas compañías ya están actuando como si el copiloto pudiera volar solo.


Uno de los ejemplos que cita proviene de un estudio del Massachusetts Institute of Technology sobre generación de imágenes con IA. La investigación dividió a 1.600 participantes en grupos que trabajaban con distintas versiones de modelos visuales.


El hallazgo que más le interesa no es que los modelos nuevos fueran mejores, sino que un grupo que dependía de una IA intermediaria para traducir instrucciones terminó siendo 56% más ineficiente.


La lectura de Moralejo es directa: mientras más se diluye la intervención humana consciente, peor pueden ser los resultados.


Ese principio aparece también en los casos corporativos que menciona. Uno de ellos involucra a Eaton, fabricante de infraestructura energética y sistemas UPS para centros de datos. Según explicó, la empresa redujo de 16 semanas a 2 semanas el desarrollo de nuevos productos usando IA para construir documentos técnicos y especificaciones a partir de historiales previos.


Pero lo importante no fue la automatización. Fue qué hicieron después con el tiempo liberado. “No se pusieron a dormir”, ironizó: “hicieron más”. Ese es, para Moralejo, el verdadero valor de la inteligencia artificial: recuperar tiempo humano para tareas de mayor valor estratégico.


La discusión se vuelve especialmente relevante en sectores como banca y seguros, donde Grupo SEGA ha trabajado talleres de adopción tecnológica desde Guatemala hasta Panamá. Según los datos compartidos, las áreas con mayor interés en IA son automatización de procesos, atención al cliente, ventas, gestión documental y cumplimiento regulatorio.


Hay una razón estructural detrás de eso: las organizaciones financieras viven atrapadas entre información fragmentada, presión regulatoria y procesos operativos extremadamente costosos.


Moralejo asegura que prácticamente todas las instituciones participantes priorizan herramientas de gestión documental impulsadas por IA. También destaca el crecimiento de iniciativas ligadas a prevención de lavado de dinero, análisis de riesgos y gobernanza.


Sin embargo, el dato más revelador quizá no está en las prioridades tecnológicas, sino en la percepción interna de madurez. Cuando los participantes calificaron el nivel de adopción de IA de sus propias organizaciones, el promedio fue apenas 3,1 sobre 10.

La distancia entre entusiasmo y preparación real sigue siendo enorme.


Y eso explica otra de las advertencias centrales de la charla: la velocidad del mercado está haciendo que muchas inversiones envejezcan demasiado rápido.

“Hace un año todos usábamos ChatGPT felices. Hoy muchos quieren Claude”, comentó, reflejando cómo la industria cambia de referentes en cuestión de meses.


Para empresas acostumbradas a ciclos tecnológicos de cinco o diez años, el fenómeno representa un desafío completamente distinto. Moralejo sostiene que los proyectos de IA no pueden pensarse con horizontes tradicionales de retorno de inversión. Si una implementación no demuestra valor en el primer año, probablemente ya llegue tarde.


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