¿Contradictorio? El triunfo demócrata en EE.UU. hace ganar millones a las grandes tecnológicas
A contramano de lo esperado, la ola azul en las elecciones de medio término de Estados Unidos reactivó las acciones de Amazon, Meta, Alphabet, Microsoft y Apple. Los inversores apuestan a que las restricciones políticas a la construcción de centros de datos reducirán la presión de las inversiones en inteligencia artificial y aumentarán el valor de la infraestructura que ya controlan las Big Tech.

La política estadounidense acaba de introducir una variable inesperada en la carrera por la inteligencia artificial: la posibilidad de que construir más centros de datos deje de ser una decisión exclusivamente empresarial. Y Wall Street reaccionó con entusiasmo.
El triunfo electoral de los demócratas en las elecciones de medio término del 4 de noviembre provocó una fuerte recuperación de las acciones de las principales compañías tecnológicas. Según Reuters, las cinco mayores empresas del sector podrían sumar más de US$750.000 millones en capitalización bursátil si las ganancias registradas durante la jornada de ayer se mantienen.
Amazon encabezó el movimiento, con un avance del 7,4%, que llevó sus acciones a un máximo de tres meses. Apple subió cerca del 7% y alcanzó un récord histórico. Alphabet, Meta y Microsoft registraron ganancias de entre el 2% y el 6,3%.
El comportamiento del mercado resulta significativo porque llega después de varios días de ventas motivadas por las dudas sobre el costo de la expansión de la inteligencia artificial. Los últimos resultados trimestrales habían dejado al descubierto una transformación incómoda para las grandes tecnológicas: compañías históricamente caracterizadas por disponer de abundante efectivo y poca deuda están convirtiéndose en enormes consumidoras de capital, cada vez más dependientes del financiamiento externo.
La infraestructura que sostiene la IA exige inversiones extraordinarias. Las grandes compañías tecnológicas tienen previsto gastar más de US$740.000 millones durante este año en infraestructura, frente a aproximadamente US$400.000 millones el año pasado. La magnitud de ese desembolso supera ampliamente la capacidad de inversión de competidores especializados en infraestructura de nube para IA, como CoreWeave y Nebius.
La reacción electoral introduce una posible desaceleración en esa carrera. Los demócratas que obtuvieron importantes victorias en distintos estados, incluido Texas, se han manifestado en contra de determinados proyectos de centros de datos. Las críticas tienen fundamentos cada vez más visibles: consumo intensivo de electricidad, utilización de agua, ruido y presión sobre las comunidades que deben convivir con instalaciones diseñadas para alimentar los sistemas de IA.
Para los inversores, sin embargo, una eventual limitación de nuevas construcciones puede representar una oportunidad para los operadores que ya cuentan con infraestructura instalada.
Art Hogan, estratega jefe de mercado de B. Riley Wealth, explicó que el resultado electoral podría generar obstáculos o ralentizar la expansión futura de los centros de datos. Pero también señaló una consecuencia menos evidente: si se reduce la posibilidad de construir nuevas instalaciones, los activos existentes adquieren mayor valor.
La lógica es sencilla. Si la oferta de capacidad informática crece más lentamente mientras la demanda de procesamiento continúa aumentando, las compañías que ya controlan centros de datos, capacidad energética y equipamiento especializado podrían beneficiarse de una posición más favorable.
También existe una segunda ventaja para los gigantes tecnológicos: un ritmo menor de construcción podría moderar sus gastos de capital (CapEx), que se han convertido en uno de los principales factores de preocupación para los accionistas.
La situación contrasta con la de los operadores más pequeños. Applied Digital e Iren registraron caídas de entre el 6% y el 13%, ante el temor de que las restricciones a nuevos proyectos afecten sus planes de expansión financiados con deuda. Estas empresas han llegado a gastar varias veces sus ingresos para responder a una creciente cartera de pedidos.
El caso de Texas resulta particularmente importante. Dan Ives, director gerente y analista tecnológico de Yorkville Ives, estimó que aproximadamente entre el 25% y el 30% de la capacidad de centros de datos medida en gigavatios provendrá de ese estado. Por eso, cualquier cambio regulatorio o político allí tiene consecuencias potencialmente relevantes para toda la industria.
Ives considera que la expansión podría continuar a un ritmo más moderado, algo que, desde la perspectiva de numerosos inversores, no necesariamente representa una mala noticia.
Hay una paradoja en esta reacción bursátil. Durante años, el crecimiento de la IA se presentó como una carrera en la que ganar significaba construir más, comprar más procesadores y multiplicar la capacidad disponible. Ahora, el mercado comienza a contemplar que una restricción de esa expansión podría beneficiar precisamente a las empresas que más infraestructura han acumulado.
Apple constituye un caso particular dentro del grupo. La compañía ha evitado hasta ahora desembolsos en inteligencia artificial de la magnitud de sus competidores, aunque también está sintiendo los efectos del encarecimiento de los chips de memoria impulsado por la demanda de infraestructura de IA.
La nueva ecuación de Wall Street no consiste solamente en determinar quién desarrollará el modelo más potente o quién tendrá más capacidad de procesamiento. También importa quién podrá construir, operar y monetizar esa infraestructura en un entorno donde la energía, el agua, el financiamiento y la aceptación social comienzan a convertirse en restricciones concretas.
La inteligencia artificial sigue necesitando centros de datos. Pero, después de esta elección, el mercado parece estar descubriendo que tener más no siempre significa ganar más.




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